Acepta el reto
Enviado por Unknown
Enviado por 1:30 p.m.
con Sin comentarios
Muchos son los llamados y pocos los que aceptan el reto de llevar a Cristo a los demás; si sientes el llamado, si tienes la inquietud, no la calles; ACEPTA EL RETO
Convento San Alipio – Lomas Verdes, Edo de México
Enviado por Unknown
Enviado por 1:02 p.m.
con Sin comentarios
El convento San Alipio, en Naucalpan, Edo. de México (zona metropolitana de la Cd. de México), es la cede del profesorio Agustiniano de la Provincia de San Nicolás de Tolentino de Michoacán; es la última etapa de formación inicial. Esta etapa de la formación comienza con la primera profesión de los votos, como signo visible, el profeso ya viste el hábito religioso en color negro, signo de su consagración.
Desde la primera vez que emiten los votos religiosos, los hermanos participan más profundamente en una comunidad que comparte la fe, la vida, el estudio y el trabajo. Este período debe ser de un crecimiento académico y comunitario; el compromiso personal deberá conducir al profeso al compromiso incondicional con Dios en la profesión solemne, o perpetua.
Esta, es la casa de máximos estudios de la Provincia; en ella, se estudian tres años de filosofía, los cuales concluyen con la presentación pública de una tesina que compruebe su madurez filosófica. Una vez terminados los estudios filosóficos, se continúa con cuatro años de formación teológica (la cual también termina con la presentación de una tesina, la cual debe ser defendida frente a dos sinodales y el propio asesor), por lo que la estancia ordinaria en esta casa es de siete años.
El fraile agustino una vez terminados sus siete años de preparación inicial se integra a alguna comunidad para el trabajo pastoral y, en la mayoría de los casos, se les otorga el Orden sagrado del diaconado. Los frailes agustinos en el transcurso de su etapa de formación inicial en la casa Profesorio desempeña una pastoral dentro de la parroquia de S. Agustín ubicada en Lomas Verdes, Edo. de México.
Los frailes agustinos de este convento, toman como base esencial para su crecimiento, la oración conjugada al estudio de las Sagradas Escrituras y su acción pastoral dentro de la parroquia de S. Agustín. Fortalecen su formación para lograr una amistad entre frailes, que se sustente en una relación personal y comunitaria con Dios. Asisten cuatro momentos a rezar los salmos de la liturgia de las horas; empiezan sus actividades con el rezo de Laudes y la celebración Eucarística, antes de asistir a la hora de comida rezan la hora sexta, por la tarde tienen el rezo de vísperas y al finalizar el día asisten al rezo de las completas.
Carisma agustiniano
Enviado por Hermanos Franciscanos
Enviado por 1:42 a.m.
con Sin comentarios
Desde sus raíces históricas, la Orden adquiere los elementos esenciales que constituyen su carisma: sus principios fundamentales procedentes de la concepción monástica del Obispo de Hipona, sus raíces eremíticas, sus nexos peculiares provenientes de la intervención realizada por la Sede Apostólica y su condición como Orden Mendicante. Estos elementos se fundieron de tal manera entre sí que constituyen la esencia misma de nuestra fraternidad apostólica.
A lo largo de nuestra historia, basada en la doctrina de San Agustín, y en plena consonancia con nuestras raíces eremitas, podemos constatar una dimensión contemplativa, que debe ser entendida, respetada y aceptada como componente de la tradición agustiniana.
El fundamento de la vida agustiniana es la vida en común, en la cual todos los hermanos donándose a sí mismos, van construyendo el camino hacia Dios en el servicio a los demás y en la comunión de todos sus bienes, perfeccionando sus valores personales con la gracia divina. Así reflejan en su vida el misterio trinitario y eclesial, anticipando ya en la tierra la realidad que esperan para el futuro en la Casa Común.
La fraternidad en la Orden debe manifestarse singularmente en la igualdad de todos los hermanos, superando las distinciones procedentes de privilegios, situaciones sociales o económicas.
La comunidad para el agustino no se limita a la casa donde vive, o a la Circunscripción a la que pertenece, sino que nuestra familia es la Orden. Como tal, la Institución y los Hermanos estarán al servicio de la Iglesia Universal.
Etiquetas:
Carisma,
Espiritualidad,
San Agustín
Espiritualidad agustiniana
Enviado por Hermanos Franciscanos
Enviado por 1:39 a.m.
con Sin comentarios
Espiritualidad
La espiritualidad de la Orden, cuyos elementos principales aquí se presentan, procede del seguimiento de Cristo según los preceptos evangélicos y de la acción del Espíritu Santo. Tiene como principal punto de referencia el ejemplo y magisterio de san Agustín y la tradición de la misma Orden. El código fundamental de esta espiritualidad es la Regla, que debe regir nuestra vida y actividad. La espiritualidad agustiniana, desarrollada a través de la historia y enriquecida por el ejemplo y la doctrina de nuestros mayores, debe vivirse conforme a las circunstancias de tiempo, lugar y cultura, en consonancia con el carisma de la Orden.
Aspecto evangélico y eclesial
La norma fundamental de la vida religiosa es el seguimiento de Cristo, como aparece en el Evangelio, que nos impulsa al amor según nuestra personal consagración. Por eso, ante todo, amemos a Dios y luego al prójimo (cf. Mt 22,40), como Jesús mandó a sus discípulos y que es la ley suprema del Evangelio, a semejanza de la primitiva comunidad cristiana constituida bajo los santos apóstoles en Jerusalén (cf. Hch 2,42-47)
Amar a Cristo es amar a la Iglesia, que es su cuerpo, madre de los cristianos, a la que se ha encomendado la verdad revelada. En la Iglesia “nos hemos convertido en Cristo. Pues si él es la cabeza, nosotros somos los miembros”, “porque el Cristo total es la cabeza y el cuerpo”. Seamos, por tanto, testigos de la unión íntima con Dios y fermento de unidad para todo el género humano.
La vida cristiana se renovará en nosotros cada día y florecerá en la Orden, si cada uno “lee ávidamente, escucha con devoción y aprende con ardor” la Sagrada Escritura, sobre todo el Nuevo Testamento, ya que “casi en cada página no suena otra cosa que Cristo y la Iglesia”. Acuérdense además los Hermanos de acompañar la oración a la lectura de la Sagrada Escritura para que se realice el diálogo del hombre con Dios.
La Eucaristía es el sacrificio cotidiano de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, en que se ofrece a sí misma a Dios. Por consiguiente, todos los que hemos abrazado la consagración a Cristo, amado sobre todas las cosas, tengamos hacia tan inefable misterio el mismo amor en el que ardió san Agustín, pues es signo y causa de la unidad de la Iglesia en la armonía de la caridad e impulsa a la actividad apostólica y a la implicación en el mundo y en la historia.
Todos nosotros somos miembros del Cristo total, en unión con María, la madre de Jesús. María es signo de la Iglesia: “(ella) dio a luz corporalmente a la cabeza de este cuerpo. La Iglesia da a luz espiritualmente a los miembros de esa cabeza”. Por su fe íntegra, firme esperanza y sincera caridad, María nos acompaña continuamente mientras peregrinamos en esta vida y sostiene nuestra actividad apostólica.
Búsqueda de Dios e interioridad
Consciente o inconscientemente, tendemos de modo continuo e insaciable a Dios para gozar del bien infinito con que se sacie nuestro deseo de felicidad, porque nos hizo para Él y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Él. Así, nuestra principal dedicación común es buscar a Dios sin límites, ya que sin límites debe ser amado. Pero no podemos buscar juntos a Dios sino en Cristo Jesús, Verbo que se ha hecho carne por nosotros para hacerse camino, verdad y vida para nosotros, de modo que, comenzando por la carne visible, seamos llevados al Dios invisible. La oración personal y comunitaria, el estudio y cultivo de la ciencia, la investigación sobre la realidad actual y la misma actividad apostólica son dimensiones necesarias en esta búsqueda, que nos acerca a las preocupaciones de nuestra sociedad. En efecto, nada humano nos es ajeno, sino que nos implica más en el mundo, ámbito del amor de Dios (cf. Jn 3,16) y del encuentro con Él.
Comunión de vida
El amor proviene de Dios y a Dios nos une, y mediante este proceso unificador, superado lo que nos separa, nos transforma para que seamos uno, hasta que al final Dios sea todo en todos (cf. 1Co 15,28). Por eso, la comunión de vida, que Agustín nos propone a semejanza de la primitiva comunidad apostólica (cf. Hch 2,42-47), es un cierto anticipo de la unión plena y definitiva en Dios y camino hacia ella. Aunque esta “santa comunión de vida” entre los Hermanos sea un don de Dios, sin embargo cada uno de nosotros debe tender con todas sus fuerzas a perfeccionarla, hasta llegar a la unidad en el amor, que permanecerá en la ciudad celestial, compuesta de muchas almas: esta ciudad “será la perfección de nuestra unidad después de esta peregrinación”. De ella, pues, traten de ser signo nuestras comunidades en la tierra, teniendo presente el modelo de la perfectísima comunidad de la indivisa Trinidad.
Servicio a la Iglesia y evangelización
Siguiendo las huellas de san Agustín, el amor a la Iglesia nos lleva a mostrarle una total disponibilidad para socorrerla en sus necesidades, aceptando con prontitud las tareas que nos pide, según el carisma de la Orden. Recuerden los Hermanos que esta disponibilidad al servicio de la Iglesia constituye una de las características esenciales, que distingue nuestra espiritualidad. Además, estando abiertos al mundo, nos sentiremos solidarios con toda la familia humana e implicados en sus avatares, atentos sobre todo a las necesidades de los pobres y de los que padecen gravísimos males, sabiendo que cuanto más estrechamente estemos unidos a Cristo, tanto más fecundo será nuestro apostolado.
Por último, para que nuestra Orden actúe siempre según su genuina espiritualidad, los Hermanos, no como si estuvieran obligados por la necesidad, sino movidos por la caridad, den testimonio de “su libre entrega al servicio de Dios” y, sin buscar su propia justicia (cf. Rm 3,10-20; Ga 2,16), háganlo todo para gloria de Dios, que obra todo en todos (cf. 1Co 12,6), persuadidos de que también esto “es gracia de Dios, que los Hermanos vivan en comunidad, no por sus fuerzas, ni por sus méritos, sino por don suyo”. Así se cumplirá lo que se dice en la Regla, que observemos todo por amor, “como amantes de la belleza espiritual..., no como siervos bajo la ley, sino como personas libres bajo la gracia”. Pues gratuitamente creados y redimidos, gratuitamente llamados y justificados, demos gracias a Dios y cumplamos nuestra misión en paz y humildad, gozosos en la esperanza y en espera de “la corona de la vida” (Ap 2,10) con que Dios, al remunerar nuestras buenas obras, no hará sino culminar en nosotros sus dones.
Etiquetas:
Espiritualidad,
San Agustín
¿quienes somos?
Enviado por Hermanos Franciscanos
Enviado por 5:51 p.m.
con Sin comentarios
¡Somos seguidores de Jesucristo!
La Orden agustiniana puede ser presentada de muy diversas maneras. Se puede hablar de su carácter peculiar, de su historia, de su misión, de su carisma... Pero ante todo y sobre todo la Orden está constituida por personas, hombres y mujeres, que, dicho con palabras de la Regla que profesamos, “viven juntos en concordia, teniendo un solo corazón y una sola alma hacia Dios”. Somos cristianos que, cautivados por el ejemplo y la doctrina de san Agustín, caminamos juntos, al tiempo que construimos nuestra propia casa y servimos al Pueblo de Dios.
Augustine presents the rule to his brothers
De la Regla de San Agustín:
Ante todo, que habitéis en la casa y tengáis una sola alma y un solo corazón en camino hacia Dios. Este es el motivo por el que, deseosos de unidad, os habéis congregado.
No consideréis nada como propio, sino tenedlo todo en común. En cuanto al alimento y al vestido, que os lo distribuya a cada uno vuestro Prior, no con criterios de igualdad, porque no todos tenéis idéntica salud, sino conforme a la necesidad de cada cual. Pues así leéis en los Hechos de los Apóstoles: Tenían todas las cosas en común y se distribuían a cada uno según su necesidad.
Etiquetas:
Agustinianos,
Espiritualidad
Alcancemos la sabiduría eterna
Enviado por Hermanos Franciscanos
Enviado por 5:26 p.m.
con Sin comentarios
Del libro de las Confesiones de san Agustín, obispo
Libro 9,10,23-11,28
Cuando ya se acercaba el día de su muerte –día por ti conocido, y que nosotros ignorábamos–, sucedió, por tus ocultos designios, como lo creo firmemente, que nos encontramos ella y yo solos, apoyados en una ventana que daba al jardín interior de la casa donde nos hospedábamos, allí en Ostia Tiberina, donde, apartados de la multitud, nos rehacíamos de la fatiga del largo viaje, próximos a embarcarnos. Hablábamos, pues, los dos solos, muy dulcemente y, olvidando lo que queda atrás y lanzándonos hacia lo que veíamos por delante, nos preguntábamos ante la verdad presente, que eres tú, cómo sería la vida eterna de los santos, aquella que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar. Y abríamos la boca de nuestro corazón, ávidos de las corrientes de tu fuente, la fuente de vida que hay en ti.
Tales cosas decía yo, aunque no de este modo ni con estas mismas palabras; sin embargo, tú sabes, Señor, que, cuando hablábamos aquel día de estas cosas –y mientras hablábamos íbamos encontrando despreciable este mundo con todos sus placeres–, ella dijo:
«Hijo, por lo que a mí respecta, ya nada me deleita en esta vida. Qué es lo que hago aquí y por qué estoy aún aquí, lo ignoro, pues no espero ya nada de este mundo. Una sola cosa me hacía desear que mi vida se prolongara por un tiempo: el deseo de verte cristiano católico, antes de morir. Dios me lo ha concedido con creces, ya que te veo convertido en uno de sus siervos, habiendo renunciado a la felicidad terrena. ¿Qué hago ya en este mundo?»
No recuerdo muy bien lo que le respondí, pero, al cabo de cinco días o poco más, cayó en cama con fiebre. Y, estando así enferma, un día sufrió un colapso y perdió el sentido por un tiempo. Nosotros acudimos corriendo, mas pronto recobró el conocimiento, nos miró, a mí y a mi hermano allí presentes, y nos dijo en tono de interrogación:
«¿Dónde estaba?»
Después, viendo que estábamos aturdidos por la tristeza, nos dijo:
«Enterrad aquí a vuestra madre».
Yo callaba y contenía mis lágrimas. Mi hermano dijo algo referente a que él hubiera deseado que fuera enterrada en su patria y no en país lejano. Ella lo oyó y, con cara angustiada, lo reprendió con la mirada por pensar así, y, mirándome a mí, dijo:
«Mira lo que dice».
Luego, dirigiéndose a ambos, añadió:
«Sepultad este cuerpo en cualquier lugar: esto no os ha de preocupar en absoluto; lo único que os pido es que os acordéis de mí ante el altar del Señor, en cualquier lugar donde estéis».
Habiendo manifestado, con las palabras que pudo, este pensamiento suyo, guardó silencio, e iba luchando con la enfermedad que se agravaba.
Nueve días después, a la edad de cincuenta y seis años, cuando yo tenía treinta y tres, salió de este mundo aquella alma piadosa y bendita.
Oración
Oh Dios, consuelo de los que lloran, que acogiste piadosamente las lágrimas de santa Mónica impetrando la conversión de su hijo Agustín, concédenos, por intercesión de madre e hijo, la gracia de llorar nuestros pecados y alcanzar tu misericordia y tu perdón. Por nuestro Señor Jesucristo.
Etiquetas:
Espiritualidad,
San Agustín,
Santa Mónica
Cristo murió por todos
Enviado por Hermanos Franciscanos
Enviado por 5:21 p.m.
con Sin comentarios
San Agustín, obispo, Confesiones, Libro 10,43,68-70
Señor, el verdadero mediador que por tu secreta misericordia revelaste a los humildes, y lo enviaste para que con su ejemplo aprendiesen la misma humildad, ese mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, apareció en una condición que lo situaba entre los pecadores mortales y el Justo inmortal: pues era mortal en cuanto hombre, y era justo en cuanto Dios. Y así, puesto que la justicia origina la vida y la paz, por medio de esa justicia que le es propia en cuanto que es Dios destruyó la muerte de los impíos al justificarlos, esa muerte que se dignó tener en común con ellos.
¡Oh, cómo nos amaste, Padre bueno, que no perdonaste a tu Hija único, sino que lo entregaste por nosotros, que éramos impíos! ¡Cómo nos amaste a nosotros, por quienes tu Hijo no hizo alarde de ser igual a ti, al contrario, se rebajó hasta someterse a una muerte de cruz! Siendo como era el único libre entre los muertos, tuvo poder para entregar su vida y tuvo poder para recuperarla. Por nosotros se hizo ante ti vencedor y víctima: vencedor, precisamente por ser víctima; por nosotros se hizo ante ti sacerdote y sacrificio: sacerdote, precisamente del sacrificio que fue él mismo. Siendo tu Hijo, se hizo nuestro servidor, y nos transformó, para ti, de esclavos en hijos.
Con razón tengo puesta en él la firme esperanza de que sanarás todas mis dolencias por medio de él, que está sentado a tu diestra y que intercede por nosotros; de otro modo desesperaría. Porque muchas y grandes son mis dolencias; sí, son muchas y grandes, aunque más grande es tu medicina. De no haberse tu Verbo hecho carne y habitado entre nosotros, hubiéramos podido juzgarlo apartado de la naturaleza humana y desesperar de nosotros.
Aterrado por mis pecados y por el peso enorme de mis miserias, había meditado en mi corazón y decidido huir a la soledad; mas tú me lo prohibiste y me tranquilizaste, diciendo: Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió por ellos.
He aquí, Señor, que ya arrojo en ti mi cuidado, a fin de que viva y pueda contemplar las maravillas de tu voluntad. Tú conoces mi ignorancia y mi flaqueza: enséñame y sáname. Tu Hijo único, en quien están encerrados todos los tesoros del saber y del conocer, me redimió con su sangre. No me opriman los insolentes; que yo tengo en cuenta mi rescate, y lo como y lo bebo y lo distribuyo y, aunque pobre, deseo saciarme de él en compañía de aquellos que comen de él y son saciados por él. Y alabarán al Señor los que le buscan.
Etiquetas:
Espiritualidad,
San Agustín
A ti, Señor, me manifiesto tal como soy
Enviado por Hermanos Franciscanos
Enviado por 5:19 p.m.
con Sin comentarios
San Agustín
De sus Confesiones 10,1-2,2; 5,7
Conózcate a ti, Conocedor mío, conózcate a ti como tú me conoces. Fuerza de mi alma, entra en ella y ajústala a ti, para que la tengas y poseas sin mancha ni arruga.
Ésta es mi esperanza, por eso hablo; y en esta esperanza me gozo cuando rectamente me gozo. Las demás cosas de esta vida tanto menos se han de llorar cuanto más se las llora, y tanto más se han de deplorar cuanto menos se las deplora. He aquí que amaste la verdad, porque el que realiza la verdad se acerca a la luz. Yo quiero obrar según ella, delante de ti por esta mi confesión, y delante de muchos testigos por éste mi escrito.
Y ciertamente, Señor, a cuyos ojos está siempre desnudo el abismo de la conciencia humana, ¿qué podría haber oculto en mí, aunque yo no te lo quisiera confesar? Lo que haría sería esconderte a ti de mí, no a mí de ti. Pero ahora, que mi gemido es un testimonio de que tengo desagrado de mí, tú brillas y me llenas de contento, y eres amado y deseado por mí, hasta el punto de llegar a avergonzarme y desecharme a mí mismo y de elegirte sólo a ti, de manera que en adelante no podré ya complacerme si no es en ti, ni podré serte grato si no es por ti.
Comoquiera, pues, que yo sea, Señor, manifiesto estoy ante ti. También he dicho ya el fruto que produce en mí esta confesión, porque no la hago con palabras y voces de carne, sino con palabras del alma y clamor de la mente, que son las que tus oídos conocen. Porque, cuando soy malo, confesarte a ti no es otra cosa que tomar disgusto de mí; y, cuando soy bueno, confesarte a ti no es otra cosa que no atribuirme eso a mí, porque tú, Señor, bendices al justo; pero antes de ello haces justo al impío. Así, pues, mi confesión en tu presencia, Dios mío, es a la vez callada y clamorosa: callada en cuanto que se hace sin ruido de palabras, pero clamorosa en cuanto al clamor con que clama el afecto.
Tú eres, Señor, el que me juzgas; porque, aunque ninguno de los hombres conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él, con todo, hay algo en el hombre que ignora aun el mismo espíritu que habita dentro de él; pero tú, Señor, conoces todas sus cosas, porque tú lo has hecho. También yo, aunque en tu presencia me desprecie y me tenga por tierra y ceniza, sé algo de ti que ignoro de mí.
Ciertamente ahora te vemos confusamente en un espejo, aún no cara a cara; y así, mientras peregrino fuera de ti, me siento más presente a mí mismo que a ti; y sé que no puedo de ningún modo violar el misterio que te envuelve; en cambio, ignoro a qué tentaciones podré yo resistir y a cuáles no podré, estando solamente mi esperanza en que eres fiel y no permitirás que seamos tentados más de lo que podamos soportar, antes con la tentación das también el éxito, para que podamos resistir.
Confiese, pues, yo lo que sé de mí; confiese también lo que de mí ignoro; porque lo que sé de mí lo sé porque tú me iluminas, y lo que de mí ignoro no lo sabré hasta tanto que mis tinieblas se conviertan en mediodía ante tu presencia.
Etiquetas:
Espiritualidad,
San Agustín
¡Oh eterna verdad, verdadera caridad y cara eternidad!
Enviado por Hermanos Franciscanos
Enviado por 5:17 p.m.
con Sin comentarios
Del libro de las Confesiones de san Agustín, obispo
Libro 7, 10. 18, 27
Habiéndome convencido de que debía volver a mí mismo, penetré en mi interior, siendo tú mi guía, y ello me fue posible porque tú, Señor, me socorriste. Entré, y vi con los ojos de mi alma, de un modo u otro, por encima de la capacidad de estos mismos ojos, por encima de mi mente, una luz inconmutable; no esta luz ordinaria y visible a cualquier hombre, por intensa y clara que fuese y que lo llenara todo con su magnitud. Se trataba de una luz completamente distinta. Ni estaba por encima de mi mente, como el aceite sobre el agua o como el cielo sobre la tierra, sino que estaba en lo más alto, ya que ella fue quien me hizo, y yo estaba en lo más bajo, porque fui hecho por ella. La conoce el que conoce la verdad.
¡Oh eterna verdad, verdadera caridad y cara eternidad! Tú eres mi Dios, por ti suspiro día y noche. Y, cuando te conocí por vez primera, fuiste tú quien me elevó hacia ti, para hacerme ver que había algo que ver y que yo no era aún capaz de verlo. Y fortaleciste la debilidad de mi mirada irradiando con fuerza sobre mí, y me estremecí de amor y de temor; y me di cuenta de la gran distancia que me separaba de ti, por la gran desemejanza que hay entre tú y yo, como si oyera tu voz que me decía desde arriba: «Soy alimento de adultos: crece, y podrás comerme. Y no me transformarás en substancia tuya, como sucede con la comida corporal, sino que tú te transformarás en mí».
Y yo buscaba el camino para adquirir un vigor que me hiciera capaz de gozar de ti, y no lo encontraba, hasta que me abracé al mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, el que está por encima de todo, Dios bendito por los siglos, que me llamaba y me decía: Yo soy el camino de la verdad, y la vida, y el que mezcla aquel alimento, que yo no podía asimilar, con la carne, ya que la Palabra se hizo carne, para que, en atención a nuestro estado de infancia, se convirtiera en leche tu sabiduría por la que creaste todas las cosas.
¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de tí aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti.
Oración
Renueva, Señor, en tu Iglesia, el espíritu que infundiste en tu obispo san Agustín, para que, penetrados de ese mismo espíritu, tengamos sed de ti, fuente de la sabiduría, y te busquemos como el único amor verdadero. Por nuestro Señor Jesucristo.
Etiquetas:
Espiritualidad,
San Agustín
Pensamientos de San Agustín
Enviado por Hermanos Franciscanos
Enviado por 5:05 p.m.
con Sin comentarios
“Ama a Dios, y haz lo que quieras.” –Sermón acerca de Juan 1, 7:8.
“Nada conquista excepto la verdad y la victoria de la verdad es el amor.” -Sermones 358, 1. “Victoria veritatis est caritas.”
“El amor es la belleza del alma.”
“Tarde te amé, Oh Belleza siempre antigua, siempre nueva. Tarde te amé. Tú me has llamado, y me has llamado insistentemente, y has suprimido mi sordera. Tu has brillado con luz y has puesto mi ceguera a volar! Tu has emanado fragancia, y me he quedado sin aliento, y he suspirado por ti. Te he conocido, y he tenido hambre y sed de Ti. Tú me has tocado, y he sido encendido por tu paz.” -Confesiones, Capítulo 1.
"¡Oh verdad, verdad, cómo suspiraba ya entonces por ti desde las fibras más íntimas de mi corazón!".
¡Pobre de mí, que me creí apto para el vuelo, abandoné el nido y caí antes de poder volar!".
"La medida del amor es el amor sin medida"
"¿Los hombres salen a hacer turismo para admirar las crestas de los montes, el oleaje de los mares, el copioso curso de los ríos, los movimientos de los astros.Y, sin embargo, pasan de largo de sí mismos".
"No busques que dar. Date a ti mismo".
"Conocerse de verdad a uno mismo no es otra cosa que oir de Dios lo que el piensa de nosotros".
"El hombre bueno es libre, incluso cuando es esclavo".
"Si queréis recibir la vida del Espíritu Santo, conservad la caridad, amad la verdad y desead la unidad para llegar a la eternidad".
Etiquetas:
Espiritualidad,
San Agustín








